S o b r e   l a   V i o l e n c i a    Nueva época, año 4, No. 41       Guatemala, Junio 2005


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El porqué de la violencia

El porqué de la violencia

La violencia está presente cotidianamente en los seres humanos. Existe una tendencia a identificarla con acciones físicas concretas: un puñetazo, un golpe, un balazo. Su expresión más elocuente es la guerra, pero sin lugar a dudas, hace parte constantemente de la vida social. Hablar del ser humano es necesariamente hablar de la violencia. Por otra parte, es difícil una definición acabada de "violencia"; sin embargo, es una noción que se maneja a diario en cualquier aspecto de la vida, siempre ligada a "fuerza", a "poderío", a "conflicto".

 

    Las relaciones humanas conllevan una disparidad de origen: padres e hijos; hombres y mujeres; viejos y jóvenes; dirigentes y dirigidos. Esa estructura desigual de las relaciones implica una diferencia, un conflicto: hay, desde el inicio, una relación de jerarquía entre unos y otros. Seguramente es imposible dar razón de por qué ello es así. La estructura de lo real, sin más, es conflictiva; esto es, constituida originariamente por el conflicto, por la lucha entre contrarios. Lo que las ciencias sociales o el estudio de cualquier período histórico enseñan es que toda vinculación interhumana presenta esa forma: hay relaciones de poderío y de intereses en pugna, independientemente de las voluntades individuales. Esto se apoya, a su vez, en el ejercicio de una forma de violencia intrínseca. La armonía, la concordancia y la superación pacífica de las diferencias son aspiraciones necesarias, sin duda, pero que no pueden ir separadas de su contrario, teniendo implicada siempre la violencia como horizonte posible.

 

    La violencia no es sólo expresión física; adquiere distintas formas, pudiendo ser refinada y sutil. Sin necesidad de estar en guerra, todos los días mueren seres humanos de la más variada índole: atropellados por un carro conducido por una persona alcoholizada, solitariamente por una sobredosis de droga, o de hambre. Esto es contundente: muere infinitamente más gente por hambre que por causas bélicas. Hay ahí una violencia implícita, subterránea, definitivamente más mortífera que cualquier conflicto armado declarado; y, paradójicamente, sus efectos no entran en las estadísticas que hablan de la violencia.

 

    La violencia física y psicológica entra "naturalmente" en la crianza de los niños, en la educación formal, en las relaciones de pareja y, aunque de hecho estas circunstancias pueden estar –y lo están a veces– tipificadas como actos delictivos, en la mayoría de casos son asumidas como culturalmente "normales". La circuncisión, por mencionar alguno de una infinidad de ritos iniciáticos que pueden encontrarse entre las diferentes culturas, apela a mecanismos violentos, pese a lo cual no deja de ser parte de la cotidianeidad aceptada.

 

    La violencia está entre nosotros a diario y en todas sus facetas, aunque en principio no se haga evidente, dado que tendemos a asimilarla con hechos físicos. Baste para comprobarlo una rápida mirada a nuestro alrededor: el juego de los niños –agresivo, despiadado a veces, pero no por ello menos inocente–, o el placer que algunos encuentran descuartizando un insecto. Los chistes morbosos, la forma en que son objeto de burla los discapacitados, algunos estereotipos de conducta social que no necesariamente apelan a la coacción física (el machismo, el verticalismo en el mando), la forma en que se conduce un vehículo sin respetar las normas, el acoso sexual de –generalmente– el varón que ocupa un lugar de mayor poder hacia una subordinada mujer, o el cántico de las porras entre equipos rivales son, al final de cuentas, formas de violencia que modelan la vida social. Dicho de otra manera, junto al entendimiento y la tolerancia, la agresividad es igualmente constitutiva de las relaciones humanas.

 

     La armonía, la paz, la concordia son aspiraciones; por cierto que necesarias para vivir, desarrollarnos y crecer; pero la dinámica humana está marcada por ese interjuego entre armonía y violencia. La vida no es precisamente un paraíso (el único paraíso es el perdido). Oponer a la violencia, en tanto elemento supuestamente pérfido y malvado, un reino de la felicidad y una ética de la bondad es, como mínimo, ingenuo. Toda la cultura humana, la edificación social, la civilización en su sentido más amplio no son sino formas de asegurar la convivencia entre la gente garantizando el no recurso a la

     Que la violencia haga parte de la misma constitución intrínseca de lo humano no significa, sin embargo, que sea de orden natural. La violencia no es "instintiva": se la encuentra tanto como el amor o la solidaridad. Esto significa que la naturaleza humana es siempre convencional, depende de las relaciones que se establecen entre los seres humanos y no puede explicarse por causas únicamente biológicas. Los animales matan para sobrevivir, conducta regida por los vericuetos del instinto. Pero los humanos no nos violentamos para asegurar nuestro alimento; las armas no están sólo al servicio de la cacería (de hecho es para lo que menos se utilizan). No hay determinación genética que explique el porqué de la guerra, o del chantaje, de la tortura o del racismo. Éstas son posibilidades que sólo encuentran su desarrollo en la dimensión psicosocial en la que el ser humano existe.

 

     La violencia es propia de la especie humana; los animales no son violentos, al menos en el sentido humano. Pueden ser grandes depredadores, pero no violentos. Cuando matamos a algún animal para comérnoslo no somos precisamente violentos. Ninguno de nosotros sería tildado de tal a partir de la vaca "asesinada" que nos almorzaremos más tarde. La violencia se liga al orden no natural de la humanización; tiene que ver con el particular universo simbólico que nos constituye y en donde el instinto no cuenta en la determinación última de nuestros actos. La violencia, al igual que la paz, tiene que ver con la ley humana. Ambos elementos son, en definitiva, producto de la civilización. Ni la maldad ni la bondad son naturales, genéticas.

 

      La ruptura más violenta de la armónica convivencia entre los seres humanos es la guerra. Ahí tienen lugar profundas modificaciones en la psicología colectiva por las que caen las interdicciones más elementales: el "no matarás", quedando consecuentemente todo permitido. El ser humano que se tiene enfrente deja de ser visto como tal para pasar a ser "el enemigo". Con ello se autoriza su eliminación. No sólo se le puede matar; es imperioso que se le mate. Se premia inclusive con todos los honores, a quien más enemigos elimine; he ahí un héroe y no un asesino.

 

     La guerra es una constante en la historia humana. Actualmente, la preparación para la guerra es la actividad más dinámica: consume más esfuerzos y mueve más recursos que cualquier otra industria (US$25,000 por segundo). ¿Qué impulsa a los seres humanos a ello? ¿Qué posibilita que terminado un conflicto bélico ya esté comenzando otro? Quedarnos simplemente con la explicación de una "tendencia agresiva" es parcial, o incluso peligroso.

 

     La guerra tiene raíces diversas: económicas, políticas, culturales. No hay duda que existe una constitución psicológica común en los humanos que posibilita que todos, dadas las circunstancias, nos encontremos con "el enemigo" al que hay que eliminar, en nombre de lo que sea (por más justa que se plantee la causa que desata el enfrentamiento: guerra revolucionaria, guerra santa, guerra antiimperialista, guerra defensiva, etcétera). Pese a nuestro más enconado pacifismo, la posibilidad de la guerra está siempre presente en la dinámica humana.

 

      La violencia, entonces, es una construcción humana: ningún otro ser vivo tortura, maltrata a su pareja, delinque, hace chistes de humor negro o quema en la hoguera a quien no coincide con su punto de vista. La violencia tiene lugar a partir de la caída de las normas sociales de convivencia que tratan de evitarla. Dicho al revés, las normas sociales, la ley, constituyen la máxima obra humana, aquello que nos distingue del mundo instintivo, de lo puramente animal. Pero todos podemos llegar a cometer las barbaridades más espantosas. Tal vez por eso, en toda formación cultural, en cualquier momento histórico, nos encontramos con códigos de ética que regulan la violencia. No hay, por tanto, ninguna cultura "superior". No hay, definitivamente, pueblos "bárbaros" y "civilizados": hacha de piedra o misil nuclear, no ha cambiado lo que, en el fondo, nos alienta a todos.

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*Psicólogo, ensayista y escritor de origen argentino, radicado desde hace años en Guatemala.

 

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