S o b r e   l a   V i o l e n c i a    Nueva época, año 4, No. 41       Guatemala, Junio 2005


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Violencia y cultura

El porqué de la violencia

La ley es una creación humana, no está en la naturaleza. Es una convención, un acuerdo. La ley, la norma, la regla son algo que debemos aprender y, por tanto, reforzar y mantener cotidianamente. Un niño llega al mundo y debe ingresar a un universo cultural que lo espera. Ahí aprenderá a hablar, a esperar, a tolerar, a compartir. Todo este proceso complejo, duro, no garantizado biológicamente en cuanto a su resultado final, es la crianza de un niño. En todo tiempo histórico y en cualquier cultura, este proceso debe cumplirse inevitablemente para lograr que el niño se convierta en un "sujeto adaptado".

     La ley es un principio ordenador que posibilita que no nos eliminemos unos con otros; dice lo que se puede y no se puede hacer. Para que exista sociedad humana es necesario un orden, y es eso lo que proporciona la ley. Secundariamente puede decirse que un determinado orden social no es justo, que beneficia a unos pocos en detrimento de la mayoría. Pero siempre habrá un orden social. No hay individuo sin orden social, y no hay igualmente ser humano ni sociedad sin ley.


    Si el ser humano es, por definición, un producto de su medio y su cultura, esto es: un ser simbólico, la importancia de la ley radica justamente en ello: su eficacia simbólica. Las convenciones establecen que no se pueden hacer determinadas cosas: matar, cruzar el semáforo en rojo, mantener contacto sexual padres con hijos, etcétera. Sin embargo, todo lo que está prohibido también puede transgredirse. Pero justamente la transgresión de las normas es lo que las reafirma como efectivas. Y aunque de hecho se cometan homicidios, se cruce con luz roja un semáforo o se consuma el incesto en algún momento, la mayoría no lo hace. La ley se cumple porque de ello depende nuestra sobrevivencia. Además, adicionalmente, si no lo hacemos sabemos que hay castigo.

     El lugar en donde los seres humanos entran primariamente al mundo de las normas es la familia. En este mecanismo regulador, hay quien encarna el papel de prohibidor y también de posibilitador. Por su medio se reglan los intercambios en su interior. La madre prohíbe al niño como objeto, posibilitando así su integración a la vida social, y se ofrece como modelo de los valores del orden normativo con el que habrá que identificarse.

     El rompimiento del orden normativo es la violencia, aunque dicho orden también puede significar violencia. La cultura busca como objetivo último la reproducción del orden humano, pero en ese proceso de

    El sujeto individual, heredero y representante de su mundo cultural, está sometido y es producto de una violencia intrínseca que lo sobredetermina y constituye como uno más del grupo al que pertenece. Hay aquí un proceso que presupone un acto de sometimiento: nadie pide nacer, el ser nos es dado. Nadie decide su lenguaje y su cultura. Todo ello adviene desde otro. Ningún niño demanda ser
circuncidado, bautizado, sometido a los ritos que fija una cultura. Ningún niño pide asistir a la escuela, y las imposiciones paternas son ante todo eso: imposiciones. He ahí una primera vertiente de la violencia originaria: yo
me constituyo contra otro.

    Desde otro punto de vista, y dando por supuesta esa violencia constitutiva, todo grupo funciona resguardándose a sí mismo y tomando  distancia del otro diferente. "Amar al prójimo como a sí mismo" es una elaboración racional que presupone que ese otro también puede ser agresor y agredido, justamente por distinto y diferente. Digámoslo de otra manera: sin que ello suponga racismo, no suele ser lo más común que se formen parejas de hombres y mujeres de distinta etnia o religión, o que los amigos de los hijos pertenezcan a otro grupo socioeconómico.  La elección del objeto amoroso es, en el fondo, narcisista. Se escoge lo semejante, lo que evoca al propio yo. Lo extraño, en ese marco es, primariamente, hostil. Se ama al otro porque se ama en él lo que es igual que yo. La aceptación de lo disímil necesita de un trabajo racional; no es lo primariamente espontáneo. Los derechos humanos son producto de una elaboración intelectual, no advienen espontáneamente. Todo código ético, del que ninguna organización social puede carecer, es un intento de no fagocitar al extraño, sentando con ello las bases para que otro tanto no me suceda a mí. En este sentido, la discriminación (étnica, cultural, sexual, etcétera) puede comprenderse como espontánea y a la mano en la estructura humana, y de lo que continuamente hay que
estar advertidos y alerta. Si fuese tan natural y espontáneo el amor por los otros, no habría necesidad de una máxima que nos lo recordara.


La posibilidad de eliminar al "otro" diferente está siempre presente. Es este el mecanismo íntimo de la guerra: el otro distinto de mí deja de ser respetado como ser humano, abriéndose la perspectiva de suprimirlo. En ese sentido no hay ninguna cultura "buena"; todas, según la historia lo demuestra, apelan a la discriminación, de una u otra manera. De ahí, entonces, la pregunta obligada: ¿estamos condenados a la violencia?

Violencia y cultura
La violencia política

¿Hacia una cultura de la

    no violencia?

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