S o b r e   l a   V i o l e n c i a    Nueva época, año 4, No. 41       Guatemala, Junio 2005


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¿Hacia una cultura de la no violencia?

El porqué de la violencia

Tanto la historia como la observación cotidiana de las relaciones interhumanas muestran que el aseguramiento de la paz es una meta de difícil obtención. Es una aspiración necesaria, imprescindible incluso.

    Pero si el conflicto es la razón de ser de lo humano, no puede pretenderse eliminarlo; en todo caso, y en nombre de una genuina cultura de la no violencia –siguiendo a Estanislao Zuleta– "es preciso, por el contrario, construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo". Un mundo paradisíaco libre de conflictos y regido por el amor incondicional no pareciera muy humano; es esa la aspiración de los diversos pacifismos y religiones, pero no debe olvidarse que en nombre del amor también se puede ser violento y cometer las peores barbaridades. En todo caso, y como algo más posible, el aseguramiento de la paz está más en dependencia del respeto de las leyes y del rechazo de la impunidad. La ley nos aleja de la violencia. Prepararse para la paz es asegurar el Estado de Derecho, y no la acumulación de las armas. En otros términos: respeto de la legalidad.

    Pero las leyes no son necesariamente justas. Hasta la fecha, la historia humana muestra diversos ordenamientos sociales que no han beneficiado a las mayorías precisamente. Contra esas injusticias se han levantado, y seguramente lo seguirán haciendo, grupos opositores al orden constituído, subversivos en el más cabal sentido de la palabra: los iluministas franceses contra la monarquía absolutista, los padres fundadores norteamericanos contra la metrópoli británica, las guerrillas latinoamericanas del Siglo XX, los diversos nacionalismos del Tercer Mundo. Cualquier orden legal imperante que organiza la vida social, hasta ahora y como una constante, es perfectible. Eso es lo que enseña la historia de la humanidad: una interminable sucesión de conflictos sociales en búsqueda de mejores condiciones de vida para las grandes masas. Por cierto que la historia no ha terminado, pese a lo dicho recientemente por Francis Fukuyama, lo cual se desprende de una simple mirada a nuestro alrededor, donde a diario se constatan injusticias sociales: gente que muere de hambre pese a todo el desarrollo técnológico, diferentes cuotas de poder entre varones y mujeres, discriminación por razones étnicas.

   La ley imperante, que sin duda conviene al más fuerte y que se mantiene en virtud del ejercicio de una violencia legalizada, es también convencional. Puede cambiar, como han cambiado a través del tiempo los distintos modelos sociales, por medio de transformaciones que, irremediablemente, deben recurrir a la violencia para imponerse. No olvidar que la actual economía de libre mercado y la democracia parlamentaria (pretendidamente modelo supremo de gobernabilidad) se construyeron sobre la cabeza guillotinada de los monarcas.

   No podemos prescindir de la violencia porque ella es parte de lo humano, pero esto no debe llevar a su resignada aceptación, ni mucho menos a su entronización. De esto, sólo se seguiría fatalmente su apología. Si bien la violencia está entre nosotros, hay que trabajar denodadamente en la preparación de la paz. Que nuestra constitución psicológica tenga que ver con la violencia no significa que toda la sociedad esté regida exclusivamente por ella; también es posible y necesaria la tolerancia de las diferencias, la aceptación del otro distinto. Si no, debería aceptarse que las injusticias son de carácter natural; y por tanto, nada podría hacerse al respecto. Definitivamente, algo puede y debe hacerse en contra de las injusticias.

    Si se terminasen las injusticias en el mundo ¿se terminaría la violencia? Quizá así planteado, el problema no ofrece salida. Por lo pronto, y a partir de la experiencia, es imposible pensar en una sociedad sin disparidades (no sólo económicas, sino de género, edades, tradición, etcétera). Pero, de hecho, un orden social que legitima no sólo diferencias sino flagrantes injusticias es fuente de violencia. En la actualidad –Era de la revolución científico-técnica, de la conquista espacial y de los logros más inimaginables del ingenio– cada siete segundos muere de hambre una persona en el mundo y cada segundo nacen tres nuevos seres, siendo que dos de esos nacimientos se producen en el barrio marginal de una gran urbe del Tercer Mundo, con lo que el nuevo venido a la vida ya tiene bastante trazado su futuro, no muy promisorio por cierto. Todo esto es una injusticia en términos humanos, y fuente inspiradora de más violencia.

    ¿Acaso el mundo actual es más violento que el de otros momentos históricos? Pregunta imposible de ser respondida terminantemente. Freud, en ocasión de marchar al exilio ante la invasión nazi, dijo: "ahora queman mis libros, en la Edad Media me hubieran quemado a mí. Hemos progresado". Junto al estremecedor arsenal nuclear que la humanidad ha acumulado, con posibilidades de destrucción masiva como nunca antes, también se ha avanzado considerablemente en la defensa de los derechos humanos; de hecho, se legisla sobre delitos de lesa humanidad, la degradación ambiental, el aborto o la eutanasia como nunca en la historia se había hecho, con lo cual se van sentando precedentes para la construcción de sociedades más equilibradas y tolerantes. Ya no se mata al mensajero portador de malas noticias. "Hemos progresado" diría Freud.

     La conclusión obligada es que la no violencia debe construirse y afianzarse día tras día. Y en ese arduo trabajo la lucha contra la injusticia juega un papel de suma importancia. Pero no debe pensarse que Mujer llorando  estamos fatalmente condenados a repetir el círculo de la violencia. Sin ser ingenuos, podemos (debemos) aspirar a un mundo más vivible para todos, porque ahí radica la posibilidad de su verdadero mejoramiento.

Violencia y cultura
La violencia política

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