S o b r e   l a   V i o l e n c i a    Nueva época, año 4, No. 41       Guatemala, Junio 2005


Portada

Sobre el humanismo

El porqué de la violencia

El "hombre nuevo" de la izquierda hace ya largo tiempo que está en crisis. En sus antípodas, en la concepción "occidental y cristiana" moderna, hoy ya globalizada –y postmoderna– la antropología subyacente descuella por su creciente desinterés por lo humano. Que el mundo no es un paraíso es algo por demás evidente. ¿Estaremos en condiciones de aspirar a algo mejor con los medios técnicos con que contamos actualmente? Todo indicaría que sí. ¿Pero, por qué resulta tan difícil de alcanzar ese ideal? ¿Por qué crece la crisis en la situación humana actual? No se puede negar que hay una profunda crisis: una acumulación de riquezas como nunca antes en la historia y una creciente cantidad de desesperados. ¿Cómo entender que entre los sectores más productivos esté la fabricación de armas y de drogas, por delante de la satisfacción de necesidades y la calidad de vida?

        Todo esto lleva a pensar en razones de fondo: el destino del ser humano está en dependencia de la idea que de él se tiene, de lo que de él se espera, de su proyecto. Sin visiones apocalípticas, el momento actual nos confronta con una situación preocupante, por decir lo menos. Para graficarlo de algún modo: de activarse todo el arsenal termonuclear existente en nuestro planeta la onda expansiva liberada llegaría hasta la órbita de Plutón. Proeza técnica, seguramente, que sin embargo no impide el hambre. ¿Pero qué mundo se ha construido? ¿Cuál es la idea del ser humano que posibilita construir esto?

      "Después de Auschwitz, de Hiroshima, del apartheid en Sudáfrica, no tenemos ya derecho de abrigar ilusión alguna sobre la fiera que  duerme en el hombre. La asoladora propagación de los medios electrónicos alimenta generosamente esa fiera" (Alvaro Mutis).

       Con el ser humano que está en la base del mundo hasta hoy conocido (ése que somos cada uno de nosotros) cabe preguntarse si se podrá hacer algo mejor, y cómo. Luego de todo lo dicho sobre la violencia, en tanto fenómeno humano, podemos acompañar a Voltaire (ideólogo de uno de los grandes momentos de cambio en la historia humana) quien reflexionaba en su "Cándido": "¿Creéis que en todo tiempo los hombres se han matado unos a otros como lo hacen actualmente? ¿Que siempre han sido mendaces, bellacos, pérfidos,
ingratos, ladrones, débiles, cobardes, envidiosos, glotones, borrachos, avaros, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores, desenfrenados, fanáticos, hipócritas y necios?" Decididamente no podría acusársele de pesimista. El Iluminismo dieciochesco confiaba casi ciegamente en las potencialidades del ser humano en tanto racional, en el progreso, en la industria naciente. El marxismo clásico no deja de ser heredero de esa cosmovisión; por tanto, mantiene similares esperanzas: "el triunfo histórico del proletariado redimirá a la humanidad". ¿Pero qué posibilita que se instaure tan fácilmente un Rambo en la cultura dominante como imagen ganadora, o que un Ceaucescu, un Stalin o un Pol Pot, supuestamente revolucionarios, se hagan del poder y se mantengan  sin mayores diferencias que un Idi Amín?
 

       La pregunta que interroga por el sentido de lo humano, por sus posibilidades y por sus límites, no es pesimista. Es realista. Sólo si tenemos claro qué somos, podemos saber qué esperar de nosotros mismos, y qué no.
 

     Desde hace dos siglos el "hombre moderno" –racional y científico– él quien ha construido la sociedad moderna: industrial, de masas, consumista.

Hoy, prácticamente ha desplazado en el mundo entero a otras perspectivas culturales, relegándolas a un segundo plano o simplemente desapareciéndolas (y claro está que la desigualdad social no es invención suya, sino que ella se remonta a los albores de la historia). El desarrollo contemporáneo describe una situación inédita: una humanidad "viable" y otra "sobrante". Pero ¿viable para quien? Quizás para un modelo de ser humano en el que el hombre puede ser prescindible, donde cuenta más una máquina o un número que un ser de carne y hueso.
  

         Aunque el ser humano es la razón de ser de la producción humana, el hombre post moderno termina sobrando merced a la misma modalidad de esa producción: el robot y la cibernética lo relegan. Nunca hasta ahora se había llegado a concebir, desde quienes detentan y ejercen el poder, la idea de "poblaciones sobrantes". Los marginales actuales no son el enfermo mental o el inválido que no entran en el circuito productivo y que harapientos, mendigan suplicantes. Son barrios completos, masas enormes, ¿quizá países? La caridad cristiana ya no alcanza para atenderlos. Ni tampoco la cooperación internacional. ¿Quién y en nombre de qué puede decir que hay gente "de más"?

 

      Continuamente ha habido llamados a la "humanización" en un desarrollo que pareciera llevarse por delante y olvidar al ser humano:leyes de protección a los indígenas, inclusión de las mujeres y reconocimiento a los jóvenes, protección a los niños, buen trato a los esclavos, socialismo utópico en los albores de la industria (Owen, Fourier, Saïnt-Simon). En la actualidad: "el desarrollo con equidad" y "el ajuste estructural con rostro humano". Y en las décadas del "socialismo real" se vio que se agrandaba la distancia entre pueblo y cúpula política, que el fervor revolucionario de los inicios dejó paso a un discurso "oficial" anquilosado, que la seguridad del Estado terminó siendo dominante y aplastante.

    

      Tal vez sea necesario replantear la noción del humanismo de la que se ha hablado tanto desde el surgimiento del mundo moderno.  Seguramente la noción de un "un hombre bueno por naturaleza pero corrompido por la sociedad" (Rousseau) es algo simplista. Quizá el "hombre nuevo" que levantó la llegada del socialismo no escapa a un planteamiento romántico principista, desconocedor en última instancia de las reales posibilidades humanas (Marx, por lo pronto, fue un hijo del romanticismo de su época). La gente común y corriente tampoco tiene el espíritu y la tenacidad que, por ejemplo, hicieron del "Che" Guevara ese personaje mítico que es hoy en día. “Los pueblos no son espontáneamente revolucionarios sino que, a veces, se ponen revolucionarios", decía un anónimo de la Guerra civil española. ¿Por qué no hacer entrar en los proyectos transformadores a la violencia como un elemento normal, tan humano como la solidaridad o el amor? Ya que lo humano incluye eso (en un naufragio se salva quien puede,pero también hay solidaridad y actos de arrojo por salvar al otro. Son, sin duda, posibilidades humanas).

      Lo anterior lleva a retomar lo ya señalado sobre la construcción de una cultura de paz. Hay que reconocer que, en todo caso y con dificultad, podemos aspirar a una cultura de la no violencia, lo cual ya es un enorme paso hacia adelante. Una cultura, una cosmovisión que, sin escandalizarse de la violencia, proponga su apropiado manejo racional. Una cultura, en definitiva, que no se asuste y respete las diferencias.

Violencia y cultura
La violencia política

¿Hacia una cultura de la

    no violencia?

Sobre el humanismo
Noticias FLACSO
 

 

 

Ediciones anteriores          flacsoguate@flacso.edu.gt         ►www.flacso.edu.gt      ►Portada