Trump, fascismo contra neoliberalismo

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Es  probable que muy pocos candidatos presidenciales en los Estados Unidos de América hayan sido tan inmunes como Donald J. Trump a los efectos de algún traspiés en lo políticamente correcto. Su racismo, homofobia y misoginia no lo hundieron en toda la  campaña presidencial. Lo que hace un año parecía un chiste, hoy se ha convertido en una sombría realidad: el vociferante y desquiciado magnate se ha convertido en el 45 presidente estadounidense. No lo afectó sustancialmente el haber perdido los dos debates presidenciales con su oponente Hillary Clinton, ni el que se hayan develado su evasión de impuestos o sus procaces comentarios sexuales acerca de mujeres. En apariencia, los debates revelaban que los grandes temas políticos, económicos y sociales, ocupaban un lugar secundario  para el  pueblo estadounidense.

Al parecer no fue así. Trump ganó la presidencia (no el voto popular) porque capitalizó la ira del trabajador blanco que se ha quedado sin empleo con la desindustrialización de los cuatro estados del norte del medio este y otros lugares más. La crisis de 2008 con las pérdidas de empleos, viviendas, ahorros ha enfurecido a una porción importante de la ciudadanía que se ha dejado seducir con la retórica fascista del ahora presidente republicano. Trump ganó la presidencia (que no el voto popular), porque se montó en el descontento acumulado por el neoliberalismo. El mismo que se empezó a aplicar en su país desde que Reagan llegó a la Casa Blanca. Las políticas neoliberales desmantelaron el sueño americano (casita propia, trabajo estable, auto, vacaciones pagadas y jubilación decorosa). La crisis de 2008 que empezó en Estados Unidos de América y se propagó mundialmente, acabó de enterrar ese sueño. Desde antes de dicha crisis se observaba la tendencia que llevó a más de 64 mil establecimientos industriales a cerrar por la quiebra o porque sus propietarios llevaron sus inversiones a países de mano de obra barata. El desempleo no ha cesado de crecer y hoy llega a 17 millones de personas en paro y muchos millones más en precariedad laboral y sueldos miserables. Casi dos terceras partes de los estadounidenses tienen una capacidad de ahorro ínfimo y buena parte de los estudiantes universitarios al egresar están endeudados por años para pagar su educación. En 2011, tres millones de personas habían perdido sus casas desde el comienzo de la crisis y millones más las perderían en los años siguientes. Las aventuras bélicas imperialistas contribuyeron a un endeudamiento astronómico: 60 billones de dólares a finales de 2013, 25% de la deuda mundial.

Pero no nos equivoquemos. Detrás de su retórica contra la globalización neoliberal,  el magnate representa el crecimiento de los sentimientos filo-fascistas en una amplia proporción del electorado estadounidense.  A principios de los años treinta del siglo pasado, Hitler sedujo a millones de alemanes desquiciados por las secuelas de la primera guerra mundial y la gran crisis de 1929. El líder nazi  y sus lugartenientes, escogieron a los  judíos como los causantes de todos los males y enarbolaron el racismo para deportar a los más de 9 millones que vivían en Europa. Cuando esto se tornó inviable, porque los países escogidos para la deportación no quisieron aceptarlos y porque enviarlos a Madagascar era inviable económicamente, los jerarcas nazis empezaron a planificar desde julio de 1941 la “solución final de la cuestión judía”, es decir el holocausto.

Como Hitler, Trump ha agitado los peores sentimientos chauvinistas y ha prometido ser el conductor del  renacimiento de un imperio que acertadamente ha caracterizado como decadente. Como lo hicieron Hitler y el fascismo con una Alemania agraviada con el humillante Acuerdo de Versalles de 1919, Trump ha enarbolado el discurso que presenta a los Estados Unidos de América como víctimas del mundo. En lo inaudito de sus inauditas aseveraciones, ha dicho que México se ha aprovechado de su vecino del norte como si la historia de los siglos XIX y XX, no fuera un elocuente ejemplo de que lo sucedido es precisamente al revés.

Al igual que Hitler y el fascismo lo hicieron con los judíos y comunistas, Trump y sus partidarios han construido otredades negativas a las cuales se les imputan los males que vive el país: migrantes mexicanos, centroamericanos y musulmanes, forman parte en su imaginario de los diversas malignidades cancerosas que están destruyendo “la grandeza de América”. Ha enarbolado un discurso que  los pinta como delincuentes y asesinos, busca la deportación de aproximadamente 6 millones de personas a México, y las directivas que su gobierno ha emitido a través de la Dirección Nacional de Seguridad indican que endurecerá los causales de la deportación, las redadas, las penas de cárcel a los indocumentados y penalizaciones a aquellas empresas que empleen indocumentados. Su rechazo a la globalización neoliberal (el TPP, el TLCAN, la misma Unión Europea) también se muestra en el proteccionismo que amenaza con elevar los impuestos de importación de las mercancías mexicanas y chinas, además de las presiones para que empresas automotrices estadounidenses y japonesas abandonen sus planes de instalarse en México y lo hagan de nueva cuenta en los Estados Unidos de América.

Por todo lo anterior, Donald J. Trump está enfrentando enemigos poderosos. Uno de ellos es él mismo con su vociferación chauvinista, racista y xenófoba que le ha ganado ya crecientes adversarios internos. Pero el más poderoso adversario que tiene son las grandes empresas beneficiarias de la globalización neoliberal que le están haciendo la guerra y que lo pueden defenestrar. Para México y Centroamérica el peligro de la propaganda antimigrante y las deportaciones de la administración Trump, es que  en poco tiempo las cifras de deportados superen las tasas de deportación anual que tuvieron los últimos cuatro gobiernos estadounidenses. Ni México, ni el triángulo norte se encuentran preparados para absorber a los cientos de miles de retornados que vendrán en la mayor de las vulnerabilidades y en la mayor de la desesperaciones.

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