El imperialismo hoy

image_pdfimage_print

Carlos Figueroa Ibarra

En la última semana de mayo de 2017, el presidente estadounidense Donald J. Trump visitó al Medio Oriente. Geopolíticamente, la visita es crucial para poder mantener la supremacía mundial de los Estados Unidos de América. Como una suerte de continuación de la guerra fría, la región sigue siendo estratégica para la Casa Blanca. No solamente porque en esa zona se encuentran las reservas petrolíferas más grandes del mundo (además de la que se encuentra en Venezuela), sino porque allí se escenifica la política estadounidense de contención y doblegamiento hacia Rusia y China. Washington fue a reafirmar su alianza con Israel y Arabia Saudita, a efecto de consolidarlos como parapetos en su política expansionista que busca cercar a Rusia. Los Estados Unidos han tenido avances importantes en este aspecto al lograr controlar a Irak y Libia y promover en la zona las llamadas primaveras árabes a efecto de instalar gobiernos afines a sus intereses. No han podido arrebatarle a Rusia el control de Siria, e Irán sigue como aliado de Moscú.  Congruente con su visión de política exterior, Trump busca involucrar a otros países en la política exterior de Washington y al mismo tiempo hacer negocios. El gran negocio de esta gira de Trump, es la venta de armas de diverso tipo a Arabia Saudita por 110 mil millones de dólares. Ni más ni menos, el 18% de lo que se calcula es el gasto anual en armamento del propio Estados Unidos (607 mil millones de dólares). Este éxito comercial no sólo  reactivará la economía estadounidense, sino afianzará como potencia militar regional a Arabia Saudita.

En América latina, Washington también está logrando éxitos. Valiéndose de las oscilaciones de los precios de los hidrocarburos y la disminución de la demanda china de materias primas y alimentos, la Casa Blanca, aliada a las derechas locales, ha logrado provocarles contratiempos a los gobiernos progresistas de la región. La derecha neoliberal ha retornado al gobierno en Argentina y a través de un golpe de Estado blando lo ha hecho también en Brasil. Siguiendo el manual de desestabilización del Comando Sur y la teorización de Eugene Sharp en su libro La política de la acción no violenta (1973), hoy observamos en Venezuela una rebelión de la oposición de la derecha a través de manifestaciones en las que a menudo se hace uso de la violencia. Se está generando la imagen de un gobierno dictatorial que provoca hambre y caos en su país y que se sostiene solamente a través de la violenta represión a la oposición. No es la lucha por la democracia lo que está detrás de la intervención estadounidense en este conflicto; una vez más, es el petróleo. Ello, porque Venezuela posee una de las reservas más grandes del mundo. Derrocar al gobierno chavista implicaría el control de dicha reserva y cambiaría la geopolítica en toda América del Sur: los gobiernos de Bolivia y Venezuela estarían a la defensiva y consolidaría los triunfos derechistas en Argentina y Brasil.

En su libro El Imperialismo fase superior del capitalismo (1916), Lenin hizo la primera teorización marxista sobre  la expansión  capitalista mundial por parte de los países más desarrollados. Seguía la huella de otros autores no marxistas (por ejemplo Hilferding y Hobson) quienes habían advertido cómo la acumulación capitalista rebasaba las fronteras nacionales y provocaba extensas dominaciones territoriales. Resulta curioso que, en la actualidad, cuando el fenómeno imperialista presenta, mutatis mutandis, los rasgos esenciales que Lenin percibió, advertimos teorizaciones que argumentan que hoy la expansión capitalista presenta características tan inéditas, que solamente una visión dogmática y anquilosada puede seguir hablando de imperialismo. La derecha neoliberal argumenta que hoy la globalización hace absurdas las resistencias nacionales a las dominaciones de los países centrales. Según esta interpretación, la división mundial del trabajo habría provocado una integración económica en lo esencial armoniosa, en la que los distintos países participarían con sus respectivos nichos de mercado y ventajas comparativas. En la izquierda hay autores como Michael Hardt y Tony Negri, quienes en su libro Imperio (2000), argumentan que actualmente la dominación mundial no está centrada en un país en específico, sino es un fenómeno difuso en todo el planeta. Otro autor, William I. Robinson en Una teoría sobre el capitalismo global (2013), desde el marxismo llega a conclusiones parecidas a las de Hardt y Negri: la globalización estaría desapareciendo a los Estados-nación y a las burguesías locales. Robinson plantea que hoy caminamos con paso firme hacia el Estado global y hacia la existencia de una burguesía global que irían más allá de adscripciones nacionales.

Independientemente de que la expansión imperialista ha cambiado en los cien años transcurridos desde la publicación de la obra de Lenin, podemos hacernos las siguientes preguntas a la luz de los planteamientos antes reseñados: ¿Representa un mundo armónico para el sur el seguir siendo proveedor de recursos naturales al norte desarrollado? ¿Es posible una suerte de mundo feliz en que dicha división mundial del trabajo no implique un drenaje de riqueza hacia los países centrales? ¿Cómo nos explicamos el imperio descentrado del cual nos hablan Hardt y Negri, cuando siguen siendo Washington, Londres y Berlín los centros neurálgicos de la dominación mundial? ¿Si caminamos hacia el Estado y la burguesía global,  cómo nos explicamos las luchas por la hegemonía mundial entre Washington, Moscú y Beijing? Lo cierto es que los países centrales siguen viendo a los periféricos como fuentes de riquezas y eso explica su política de dominación a estos últimos. Los terroristas árabes no se equivocan y no lanzan sus ataques en una perdida aldea de la periferia capitalista sino han escogido Nueva York, Washington, Londres, Berlín o Madrid para hacer sus deleznables actos. Y no veo a una burguesía rusa y china teniendo una perfecta comunidad de intereses con la estadounidense, alemana e inglesa porque todas forman parte de la burguesía global.

Y viendo la conducta de Trump como presidente estadounidense, ante todas estas interpretaciones, hipócritamente apoyaría la de la globalización benéfica para todos. Y secretamente pensaría que Lenin tiene la razón…

Comentarios

Comentarios