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Estados Unidos 2050: la inmigración y el reloj de arena*
Alejandro Portes**
Los nuevos inmigrantes se encuentran, literalmente, en una carrera contra el tiempo para pasar del trabajo básico, atravesando el camino estrecho del centro del reloj de arena, para llegar a la corriente profesional dominante. Pero ahora es más común que muchos hijos de la segunda generación no logren ascender en la escala debido a la forma de la economía. Este grupo de personas está frustrado porque es estadounidense; en cierto sentido, ya ha asimilado las aspiraciones y los patrones de consumo de esta sociedad. Por consiguiente, resulta ser para ambos, padres e hijos, una carrera de una sola generación para lograr estas metas, lo que convierte la experiencia de adaptación social en una experiencia muy exigente.
Afortunadamente, los recursos de la comunidad étnica facilitan el proceso en distintas formas. Primero, permiten a la primera generación de inmigrantes ser empresarios; por esta vía, se puede ubicar a la segunda generación en una posición favorable para poder recorrer este estrecho camino. Así sucedió con muchos comerciantes chinos, libaneses y coreanos, cuyos hijos estudian ahora en colegios y universidades.
Segundo, las comunidades étnicas pueden respaldar los valores de sus padres inmigrantes. Éstos incluyen el sentido del trabajo duro y sus logros, lo cual no es de poca importancia. En un estudio sobre los hijos de inmigrantes, encontramos una relación positiva perfecta entre el tiempo dedicado a la tarea escolar y los logros académicos; y una relación negativa perfecta, entre el tiempo destinado a mirar televisión y el éxito escolar.
Finalmente, la comunidad de inmigrantes puede servir como red de seguridad para aquéllos que no logran avanzar aquí, facilitando el acceso a contactos con el país de origen. Por ejemplo, los inmigrantes encuentran una forma de mandar a sus hijos a la escuela en su país de origen, cuando se dan cuenta de que el niño o la niña está en peligro. En muchos sentidos, estamos siendo testigos de un tipo de adaptación más funcional, que combina el aprendizaje instrumental de la cultura estadounidense con lazos fuertes dentro de la comunidad de inmigrantes.
Las adaptaciones indicadas reflejan la complejidad creciente de la sociedad en EE.UU. En lugar de la corriente cultural dominante, que predica ciertos valores asociados con la ética puritana, ahora tenemos estilos de vida y orientaciones diferentes, además de un número de riesgos distintos a lo largo del camino. Está claro que la cultura popular difundida a través de los medios de comunicación es un arma de doble filo. Constituye una herramienta para acceder a mucha información sobre el resto del mundo y para entretenerse. Pero, a menudo fomenta expectativas que, quizás, no están dentro del alcance inmediato de determinados sectores sociales.
Este vacío crea procesos de depravación relativa, los cuales se desarrollan en direcciones contrarias. Aquéllos que nacieron en EE.UU., con una larga historia en el país, han adoptado estrategias diferentes para poder adaptarse de manera selectiva a estos mensajes y desenvolverse en una sociedad compleja. Una gran parte de los inmigrantes llega con la creencia de que las calles están adoquinadas con oro y que aquí van a tener éxito. Lo que enfrentan es una realidad muy diferente. A menudo, su futuro será problemático por la contradicción entre sus expectativas y los recursos con que han llegado para lograrlas. Por esta razón, los sociólogos recientemente acuñaron un nuevo concepto: asimilación segmentada. Ya no existe solamente la asimilación a la sociedad, también podemos tener la asimilación a varios segmentos de esta sociedad.
Por ejemplo, han sido publicados numerosos estudios minuciosos sobre inmigrantes negros, los cuales han arrojado conclusiones sorprendentes y, podría decirse, contradictorias. En Nueva York se descubrió que, a fin de cuentas, son los inmigrantes afroantillanos quienes llegan a ocupar puestos de supervisión, mientras que los negros originarios de EE.UU. ocupan los trabajos sin porvenir. Esto es hasta cierto punto contradictorio, porque deberían ser los estadounidenses naturales quienes supervisen y socialicen a los recién llegados.
Esta difícil situación se debe a una interesante concatenación de circunstancias. Los trabajadores naturales estadounidenses, blancos o negros, están más conscientes de sus derechos y asumen trabajos sin futuro, sin ilusiones, aceptando estos puestos tal y como son. Si usted me paga el sueldo mínimo para hacer esta tarea, lo haré; pero no espere mucho más de mí, porque no me pagará por el trabajo extra que haga. Además, reclamo mis derechos, quiero seguridad social, etcétera, que es lo que provee una sociedad avanzada. Luego, llega una ola de inmigrantes que, en general, tiene un nivel de educación más alto y más motivación, porque sus estándares se basan en la comparación entre los salarios de su país de origen y los de este país. Ellos desean los trabajos básicos porque representan un avance. Por consiguiente, están dispuestos a invertir más en éstos con menos exigencias. Con el tiempo, la dicotomía entre los estadounidenses naturales y los no naturales genera un patrón diferente de expectativas, que moldea la gerencia. Empiezan a formarse los estereotipos del negro natural estadounidense flojo o poco motivado. Luego, la nueva gerencia espera trabajadores altamente motivados, que cumplan con cualquier orden para ganar su sueldo básico, lo que en realidad no se debería hacer. Cuando queda vacante un puesto de supervisión, adivinen quién lo consigue: el trabajador bueno y motivado. Este patrón sigue fortaleciendo estereotipos sobre el estadounidense negro, flojo, y el inmigrante ávido y desconsiderado, que viene aquí para quitarnos nuestros trabajos. |
Los estereotipos se alimentan de categorías que imponen ciertas formas de violencia simbólica, en cuanto a la forma en que se conceptúan los grupos étnicos. Por ejemplo, los calificativos “hispanoamericano” o “asiáticoamericano” son, más que nada, conceptos vacíos desde la perspectiva del grupo que lleva el sello. La experiencia de los estadounidenses con raíces mexicanas en el oeste, una experiencia profunda de explotación que duró varias generaciones, se parece más a la de los estadounidenses negros del este que a la de inmigrantes latinoamericanos, que a menudo son de la clase privilegiada. Lo anterior significa que la idea de incorporar a un tal Rodríguez en el grupo de hispanos porque tiene el apellido Rodríguez, es una violencia simbólica contra el individuo y contra la historia del grupo. Paralelamente, creará confusiones agrupar a todos los africanos, jamaicanos, haitianos, etcétera con el término “negros”. He argumentado repetidamente que las identidades que tienen son, en su mayoría, nacionales, porque allí los individuos tienen raíces en una historia particular. Por supuesto, se pueden interpretar identidades nacionales de maneras contrarias. Por lo tanto, chovinistas y xenófobos temen a los nuevos inmigrantes. Creen que este país está desmoronándose y, por tanto, generan mucha literatura sobre la desintegración de EE.UU. Dentro de esta línea, un ex gobernador de Colorado publicó un libro con el título: La fragmentación de los Estados Unidos. Estos temores no tienen fundamento. La mayoría de las comunidades de inmigrantes manifiestan muchos deseos de tener éxito y de que sus hijos lo obtengan en la sociedad estadounidense. Sus lealtades y preocupaciones no forman paradoja con las corrientes dominantes de la sociedad. Al contrario, aspiran a adaptarse mejor, económica y socialmente, a esta corriente dominante, y lo hacen de manera instrumental. Los analistas más xenófobos son incapaces de ver este proceso de adaptación y el papel que desempeña en la asimilación distinta de una generación a la otra. La primera generación puede ser cerrada culturalmente, como son sus comunidades étnicas, pero gracias a los logros de esta primera generación, la segunda generación suele acceder a una buena educación secundaria. Estas personas de segunda generación son estadounidenses. Nuestros datos muestran que los hijos de inmigrantes, casi sin excepción, hablan inglés con fluidez a la edad de catorce años y que cerca de 85% prefiere hablar inglés a hablar la lengua materna, aún cuando viven en una comunidad étnica y asisten a una escuela bilingüe, como sucede en Miami. Lo que está siendo amenazado en la segunda generación no es la esencia estadounidense ni el idioma inglés. Lo que se arriesga es la continuación del idioma materno, que es un recurso para estos niños. Sería mejor hablar dos idiomas que sólo uno. Entonces, algunos de ellos irán al colegio para volver a aprender el idioma de sus padres, que perdieron en la niñez. Para resumir, la fragmentación no ocurre como se la predice. Adicionalmente, es importante recordar que la inmigración no es una “invasión” del Tercer Mundo. Es cierto que los inmigrantes son empujados por la situación de sus países de origen, pero también son atraídos por los intereses de grupos estadounidenses con influencia política, entre ellos los agricultores y otros empleadores. Estos grupos han logrado mantener abierta la puerta para los inmigrantes de facto, si no de jure. En cierto sentido, el país debe controlar mejor sus fronteras e implementar procedimientos de entrada más ordenados; pero, por lo general, la inmigración ha sido beneficiosa para EE.UU. La variedad, la energía, la diversidad cultural que vemos hoy en día en las ciudades de EE.UU. se deben a la inmigración. La recomendación más concreta que se extrae de los estudios sobre la migración actual es, ante todo, prestarle atención al contexto. Si usted recibe personas, está obligado a crear un entorno en el cual éstas puedan mantenerse a flote. En muchos casos, se admite sin responsabilidad a personas que seguramente se ahogarán, por lo menos económicamente. La segunda recomendación es dejar que las personas pertenecientes al mismo grupo étnico se agrupen. No preocuparse si en la primera generación constituyen comunidades o enclaves. Estas tendencias no son antiestadounidenses y no encaminan al país furtivamente a la fragmentación. Al contrario, normalmente ésta es la primera etapa de una adaptación exitosa, económica y socialmente. Ciertamente, las nuevas migraciones modificarán los filtros mediante los cuales los estadounidenses se observan y son observados por otros. Al final del siglo XIX, personas blancas procedentes del noroeste de Europa veían a los europeos del sur y del este como individuos de razas diferentes que, de alguna manera, amenazaban el carácter de la nación y contaminarían a EE.UU., para convertirlo en un país de segunda clase. En tonces, las categorías enmarcaban a los europeos de sur y del este y hubo proyecciones de que al terminar el siglo XX constituirían más de 50% de la población estadounidense. Hoy nadie recuerda esto porque todos se han convertido en “blancos”. Así que el proceso de adaptación ha hecho que la categoría “blanco” sea suficientemente inclusiva para acomodar a los europeos de sur y del este. Actualmente, en el sur de Florida y California no importa si sus parientes son italianos, polacos o ingleses. Presiento que en 2050, una parte de los descendientes de los grupos de inmigrantes que actualmente se califican como mestizos, hispanos o asiáticos será también incluida en la categoría “blanco”, en términos sociológicos, y que su adaptación cambiaría las categorías. Es más difícil adivinar lo que va a pasar con los inmigrantes negros, dadas las fuertes fronteras raciales que siguen existiendo en el país. Los inmigrantes negros confrontan una situación única. Por un lado, podrían ofrecer su propia imagen de identidad y de orgullo del éxito, o, por el otro, podrían ser absorbidos por la categoría de negros estadounidenses que queda atrás de la corriente dominante por varias razones, entre ellas el prejuicio. Así, por un lado, una inmigración más grande desde Nigeria, Jamaica o Haití podría cambiar la definición de lo que significa ser "negro". Por otro, la migración negra podría fragmentarse si encuentra reacciones negativas: al juntarse la elite a la ya existente clase media negra, y al sumarse el otro grupo a la clase marginada de la capa urbana de las ciudades. Ya sea que algunos negros se conviertan en “blancos” o que la brecha siga creciendo, no hay duda de que la sociedad cambiará. El destino de estos grupos y los patrones de asimilación segmentada en determinarán, gran medida, el perfil de EE.UU. del año 2050. |
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Batallas sobre la migración y las elecciones de EE.UU. en 2004 |
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¿Por qué la migración no desaparecerá de la agenda política de EE.UU.? |
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* Título original en inglés America 2050: Immigration and the Hourglass, traducido por Matt Creelman. **Alejandro Portes es Profesor John Dewey de Sociología y Presidente del Departamento de Sociología de la Universidad John Hopkins. Nació en La Habana, Cuba, y recibió su doctorado en la Universidad de Wisconsin-Madison. Coautor de Immigrant America, a Portrait (América Inmigrante, un Retrato, Publicaciones de la Universidad de California, 1990); City on the Edge, the Transformation of Miami (Ciudad al Borde, la Transformación de Miami, Universidad de California, 1993); y editor de la revista International Migration Review sobre la nueva segunda generación. |
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