Diálogo 37 “¡Belice es nuestro!” El nacionalismo y las protestas estudiantiles en Guatemala, 1962

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Diálogo 37     Guatemala marzo 2012

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Introducción

José Domingo Carrillo Padilla[1]

Este trabajo pretende sugerir hipótesis que expliquen cómo las protestas estudiantiles transitaron de una reivindicación que invocó la unificación territorial como argumento de movilización social hacia una de naturaleza política que rebasó las peticiones estrictamente nacionalistas de la agenda estudiantil. Reinterpretar aquellos acontecimientos forma parte del esfuerzo por conocer a través de nuevas perspectivas la historia reciente de Guatemala, particularmente cuando aún se clama por la intervención del Estado Vaticano para resolver la controversia territorial.[2]

El texto posee un doble propósito: el primero, ubicar las demostraciones de desobediencia social en el marco que caracterizó a la década de los años sesenta, luego de los resultados de la elecciones realizadas en diciembre de 1961. Como antecedente de singular importancia para los acontecimientos posteriores, fue la resonancia que dejó el levantamiento armado de los militares del 13 de Noviembre de 1960, alzados en armas bajo el argumento de que la incompetencia demostrada por la administración conducía al país a una posible situación que lo haría presa fácil del comunismo. Esta coyuntura (1960-1962) puso en evidencia las consecuencias de la ruptura del orden institucional provocado por los sucesos de junio de 1954, y estuvo impregnada por el nacionalismo de la sociedad guatemalteca cuya expresión que nos ocupa fue el reclamo sobre el territorio de Belice.

El segundo objetivo es realizar un diálogo crítico con los autores que han escrito sobre el tema y que explican la desobediencia estudiantil de marzo y abril del año 1962 como una expresión más del descontento generalizado hacia la administración de Miguel Ramón Ydígoras Fuentes (1958-1963).[3] Si bien dicha interpretación coincide con los afanes cívicos de las protestas estudiantiles, se omite el origen y la reproducción del discurso oficial que hicieron los jóvenes de educación media y superior para transitar desde las demandas sobre la devolución de Belice hasta exigir el derrocamiento de Ydígoras Fuentes en medio de los primeros experimentos guerrilleros dirigidos por militares y por comunistas.

¿Los estudiantes guatemaltecos de la década de los años sesenta se apropiaron y participaron en la definición del nacionalismo guatemalteco? Sí, porque a través de la reivindicación de la soberanía sobre Belice le imprimieron un matiz popular a los reclamos que desde el Estado se hizo sobre aquel territorio. La presencia británica provocó y alentó el nacionalismo popular de los estudiantes guatemaltecos, quienes desde sus propias experiencias políticas –forjadas en la lucha contra las dictaduras de Manuel Estrada Cabrera (1898-1920) y Jorge Ubico (1931-1944)–se sirvieron de ellas para transitar y transformar el nacionalismo popular antibritánico, en un nacionalismo con tintes revolucionario que naturalmente desembocó en las filas de la insurgencia.

Es menester señalar que la historiografía escrita sobre este episodio establece un vínculo ideológico entre las protestas sociales encabezadas por los estudiantes en marzo y abril de 1962 y el movimiento insurgente encabezado por jóvenes oficiales del ejército nacional, agrupados en la “Logia del niño Jesús”, y que el 13 de Noviembre 1960 accionaron sus armas para derrocar al gobierno ydigorista. Esta conspiración que se vio beneficiada con la realización del III Congreso del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) –comunista– tomó entre sus resoluciones la opción por la vía armada como la estrategia para alcanzar el poder y garantizar el triunfo de la revolución guatemalteca, aún y cuando no existía una integración popular en la guerra de guerrillas, lo que vino a demostrar al cabo de los años lo errado de aquella decisión.[4]

A su vez, estas interpretaciones han hecho hincapié en la naturaleza popular de las movilizaciones que caracterizaron estos años y que expresaron el desencanto extendido entre los sectores medios urbanos tras el derrocamiento de Jacobo Arbenz en 1954, que involucraron a los estratos medios urbanos educados en las ideas antiimperialistas en boga desde las primeras décadas del siglo (externadas en las obras de Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui, Juan José Arévalo y otros),[5] y hasta el año de 1991 cuando el gobierno de Guatemala reconoció la independencia de Belice.[6] Sin embargo, prescinden de considerar las expresiones de oposición interna de la sociedad beliceña[7] dirigidas contra los afanes anexionistas de Guatemala.

Hipotéticamente podría proponerse que la reivindicación realizada por los estudiantes guatemaltecos y las luchas del propio pueblo beliceño tuviesen como telón de fondo la hábil política exterior de George Price, entonces primer ministro de Belice, quien buscó un acercamiento con Guatemala a finales de la década de los años cincuenta para contrarrestar la influencia británica. Dicha postura diplomática alentó la reivindicación de los estudiantes guatemaltecos, quienes obnubilados por las luchas antiimperialistas y con la nostalgia de la década democrática (1944-1954), no alcanzaron a percibir las sutilezas de la diplomacia.[8]

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BELICE Y GUATEMALA: ¿HISTORIA COMPARTIDA?


Belice geográficamente pertenece al istmo centroamericano, sin embargo, en cuanto a su evolución histórica fue, como señalan algunos autores, diferente y distante del resto de la región,[1] al igual que Panamá fundada en 1519.[2] El primero, por la presencia inglesa desde el siglo XVII, y la segunda, por su adscripción a la Nueva Granada.

Guatemala formó de la Capitanía General de Guatemala y ésta a su vez de una división territorial y administrativa que correspondió al Virreinato de la Nueva España fundado en 1521. Si bien Guatemala y sus provincias estuvieron adscritas al Virreinato, en 1542, en las ordenanzas de Barcelona se estipuló la creación de Reales Audiencias y entre ellas se fundó la Audiencia de los Confines que comprendió los territorios incluidos entre el istmo de Tehuantepec y el istmo de Darién.[3]

En la década de los años sesenta del siglo XVI, la Audiencia de Guatemala fue suprimida y fueron agregadas a la Audiencia de México las provincias de Chiapas, Soconusco, Guatemala, Yucatán –incluyendo el territorio de lo que hoy es Belice–y Verapaz; y a la de Panamá, las de Honduras, Nicaragua y Costa Rica. En el siglo XIX, cuando Guatemala alcanzó su independencia, en lo relativo a la definición de las nuevas fronteras, el principio que sustentó la solución de límites fue el de Utipossidetisjuris –voz latina que significa como posees, seguirás poseyendo– del año de 1810, según el cual los nuevos países surgidos deberían respetar las fronteras que tenían en el momento del inicio del proceso independentista.[4]

Sin embargo, para Musset (1997) las fronteras centroamericanas no responden a la época independiente, más bien, según dicho autor, aquéllas se gestaron desde la época colonial, aunque aclara que si las fronteras son antiguas no es el mismo caso para las naciones. Es decir, los nacientes estados independientes heredaron un territorio pero no una población homogénea,[5] y que por lo tanto no alcanzó a reconocerse en un ideal común.[6]

La delimitación de los territorios fue imprescindible para consolidar el proyecto nacional durante el siglo XIX e impedir la penetración inglesa hacia Petén y la Verapaz, y a la vez abrir una ruta comercial por medio de la navegación a vapor en los ríos Polochic y Motagua que comunicaban a Guatemala con el Atlántico, para poder quebrar el monopolio comercial que ejercía la entonces colonia inglesa de Belice sobre el comercio centroamericano.[7] Por tal motivo, Guatemala no estimó conveniente establecer límites internacionales con Belice porque realizar un acuerdo de esa naturaleza supondría el reconocimiento de una parte del territorio, considerado propio, pero sujeto en la realidad a una soberanía diferente.[8]

En el esfuerzo de construir el Estado-nación moderno, la definición territorial y la demarcación de fronteras rebasó el ámbito geográfico y cobró importancia diplomática entre Guatemala y México. Dicho proceso culminó, según Zavala (2005), hasta el 27 de marzo de 1882 cuando se firmó un tratado en Nueva York por el cual Guatemala abandonó sus reclamos sobre los territorios de Chiapas y Soconusco,[9] y mediante el Tratado sobre Límites firmado en la ciudad de México el 1 de mayo de 1883, cuando se establecieron las fronteras existentes entre México y Guatemala.[10] A pesar del acuerdo firmado entre ambos países, México reclamó la posesión de Belice bajo el principio jurídico legado por la colonia, en vista de que dicho territorio había formado parte de la Capitanía de Yucatán.[11]

Belice fue un territorio en disputa permanente por Gran Bretaña, cuyo reclamo se basó en los derechos derivados de los acuerdos establecidos entre la corona británica y la española desde el siglo XVII, que legalizaron la presencia inglesa en el continente americano.[12] México fundamentó sus reclamos en las demarcaciones establecidas por la corona española en la organización de sus posesiones coloniales. En tanto, Guatemala justificó su demanda por la soberanía que decía ejercer sobre el territorio de Belice, aún y cuando la sierra de las Minas y los Cuchumatanes hacia el sur señalaron desde la colonia una frontera natural entre el Valle Central y el Caribe,[13] que explica, en parte, la escasa presencia hispana primero y guatemalteca después, en aquel territorio.

Subsanar esa ausencia en los territorios que constituían una salida al Atlántico y afirmar con ello la soberanía sobre Belice, fue de suma importancia para cimentar el emergente Estado nacional guatemalteco en su afán por construir la nación. Por tanto, se consideró prioritario incluir aquellos parajes y aquellas poblaciones aún a costa de la incorporación al proyecto nacional de población mulata y negra que contravenía las ideas liberales de fomentar la inmigración europea y promover de esa manera el progreso social.

Tal y como afirma Taracena Arriola (1997), a los ojos del Estado liberal surgido de la revolución encabezada por Justo Rufino Barrios (1873-1885), el ladino como grupo cultural hegemónico incluyó en su representación a mestizos, blancos, mulatos y cualquier otro grupo que no fuera indígena en el imaginario de Guatemala,[14] cuya reproducción cartográfica incluyó hasta hace poco tiempo al territorio de Belice.

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[1]Fonseca, Elizabeth, Centroamérica: su historia, San José deCosta Rica, FLACSO-EDUCA, 2001. Cabezas, Horacio, Ayer y hoy. Compendio de historia de Centroamérica, Guatemala, Editorial Piedra Santa, 1996. Pastor, Rodolfo, Historia de Centroamérica, Guatemala, Editorial Piedra Santa, 1990. Pérez Brignoli, Héctor, Breve historia de Centroamérica, Madrid, Alianza Editorial, 1985.

[2]De Ita Rubio, Lourdes, “Los puertos novohispanos, su hinterland y su foreland durante el siglo XVI”, en Landavazo, Marco Antonio, compilador, Territorio, frontera y región en la historia de América. Siglos XVI al XX, México, coedición Editorial Porrúa e Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, pp. 10-12.

[3]Contreras, Daniel, Breve historia de Guatemala. Con 20 ilustraciones y un mapa de lugares arqueológicos,Guatemala, Editorial del Ministerio de Educación Pública, 1951, (Biblioteca de Cultura Popular, 15), pp. 45-47. Luján Muñoz, Jorge, Breve Historia de Guatemala, México, Fondo de Cultura Económica, 2000, pp. 35-36.

[4]Duque Muñoz, Lucia, “Límites de la Nueva Granada en Centroamérica: la polémica con Gran Bretaña en torno a la posesión de la Costa de Mosquitos a mediados del siglo XIX”, en Boletín de la AFEHC, número 10, 4 de julio de 2005. Disponible en: http://afehc-historia-centroamericana.org/362 (consultado el 21 de octubre de 2007).

[5]La diversidad étnica en Belice proviene de tres períodos: el primero, de la inicial colonización británica durante el siglo XVII; el segundo durante la guerra de castas en Yucatán entre 1845 y 1855, y el tercero por el crecimiento natural de la población creole, garífuna y maya. VéaseBolland, Nigel, Colonialism and resistance in Belize. Essays in historical sociology, Benque Viejo del Carmen, Belize, Cubola Productions, 2003, pp. 206-207.

[6]Musset, Alain, “Las fronteras del istmo centroamericano: una geopolítica de larga duración”, en Estudios Fronterizos, número 40, julio-diciembre de 1997, Universidad Autónoma de Baja California, p. 160. Taracena Arriola, Arturo, “La construcción nacional del territorio de Guatemala, 1825-1934”, en Revista de Historia, número45, enero-junio de 2002, Universidad Nacional, San José de Costa Rica, p. 23.

[7]Pinto Soria, Julio César, Centroamérica, de la colonia al Estado Nacional (1800-1840), Guatemala, Editorial de la Universidad de San Carlos, 1986, p. 59.

[8]Taylor Hansen, Douglas Lawrence, “El concepto histórico de la frontera”, en Miguel Olmos Aguilera, compilador, Antropología de las fronteras. Alteridad, historia e identidad más allá de la línea, México, coedición El Colegio de la Frontera Norte y Miguel Porrúa editor, p. 232.

[9]Zavala, Silvio, Apuntes de historia nacional 1808-1974, México, Fondo de Cultura Económica, p. 121.

[10]Dardón S., Jacobo J. (coordinador), Caracterización de la frontera Guatemala/México, Guatemala, FLACSO, 2002, p. 319.

[11]Paz Salinas, op. cit., p. 90.

[12]Toussaint, Mónica, compiladora, Belice, textos de su historia, 1670-1981, México, Instituto Mora, 2004, pp. 61-64 y 67.

[13]Solano Muñoz, Edgar, “Las regiones no integradas de Centroamérica: el caso de la mosquitia”, en Revista de las sedes regionales de la Universidad de Costa Rica, v. VI, número 10, www.intersedes.ucr.ac.cr 2005, consultado 31 de octubre de 2007.

[14]Taracena Arriola, Arturo, Invención criolla, sueño ladino, pesadilla indígena. Los Altos de Guatemala de región a Estado, 1740-1850, San José de Costa Rica, Editorial Porvenir, 1997, p. 408.

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